jueves, 7 de abril de 2011

Pincelada: ¡Qué viene el coco!


Las personas de mi generación saben que el miedo formaba parte del sistema educativo de aquellos tiempos. No voy a entrar aquí en métodos didácticos más que cuestionables desde el punto de vista psicológico. Hoy, me voy a centrar en una práctica de ayer, que, adaptada a los nuevos tiempos, probablemente se siga siempre usando para que los “peques” se mantengan alejados de posibles peligros o para que los nenes se sometan a una disciplina con respecto a los hábitos de alimentación o de descanso. La única diferencia es que, por aquel entonces, lo que decían los padres iba a misa. Dejando aparte las salidas o encuentros familiares, las únicas alternativas de ocio eran la radio (la televisión estaba apenas iniciando su andadura y emitía unas pocas horas al día) y el cine de barrio, de sesión continua, los fines de semana. Era muy común que las madres contasen cuentos a sus hijos entorno al brasero, entre los que no podían faltar los asustaniños (también conocidos como asustadores de niños). Se trata de historias, muchas de ellas inventadas, otras, desgraciadamente, con un fondo auténtico, que servían para que los más pequeños se mantuviesen alejados de personas o lugares que pudiesen ocasionarles algún tipo de perjuicio. Entre esos personajes se encontraba “el hombre del saco” o “viejo del saco”, un individuo que merodeaba de noche por las calles y que se llevaba dentro de un saco, Dios sabe adónde, a aquellos niños que se habían perdido y vagaban por las calles, solitos y sin rumbo. Aunque la figura es imaginaria, existieron en su día varios criminales, muchos de ellos pedófilos, que alcanzaron una triste fama por secuestrar, y matar a niños pequeños, después de haber abusado de ellos.”El sacamantecas” fue otro de los protagonistas de un asustaniños, al que se le atribuyeron innumerables crímenes. Y es que desde tiempos inmemoriales circulaban diversos bulos por España. Uno de ellos era que, con la grasa de los pequeños, se fabricaban ungüentos para sanar a enfermos de tisis. Más tarde, cuando empezó la industrialización, se decía que el mejor lubricante para engrasar las máquinas de vapor de los ferrocarriles era la grasa infantil. Lo desgraciado del caso es que, en el siglo XIX, existió efectivamente un “sacamantecas”, al que Pío Baroja hizo referencia en su novela La familia de Errotabo. Se trata de un tal Juan Díaz de Garayo, un asesino en serie, que fue ejecutado en Vitoria, el 11 de mayo de 1881.

“El Chupasangres” era otro de esos seres terroríficos que, supuestamente, atrapaban a niños para robarles la sangre, destinada a algún niño tuberculoso, hijo de una familia pudiente. Otro de esos siniestros tipos era “el hombre de los caramelos”, que ofrecía golosinas a los niños para inspirarles confianza y luego raptarlos y hacer con ellos quién sabe qué barbaridades. Sin olvidar a los gitanos, un colectivo marginal, que se ha utilizado en toda Europa para inspirar miedo a los críos con el argumento de que acostumbraban a robar a chiquillos para luego venderlos al mejor postor. También estaba “el Barbas”, un malvado personaje de los tebeos de los años 50.

Pero en la recopilación de sujetos, inventados o no, para infundir miedo a los niños (en este caso con el fin de que se durmiesen pronto), no podía faltar la figura del “coco”, sin duda la más conocida, sobre todo porque juega un papel muy importante en las nanas que nuestras madres nos cantaban. Aunque existen muchas canciones de cuna en las que se nombra al “coco”, la más conocida entre todas es, sin lugar a dudas, la siguiente: “Duerme, mi niño, duerme, que viene el coco, y se lleva a los niños que duermen poco”.

En la era de los video-juegos, todas estas figuras han caído, en parte, en el olvido. Han surgido otros personajes de ciencia-ficción, terroríficos e, incluso, psicopáticos, que les han desplazado. Son “el tiburón blanco”, los “Gremlins”, los “muñecos asesinos”, los dinosaurios de “Parque Jurásico”, “Freddy Krugger” o “Hannibal Lecter”. Probablemente, para los niños de hoy, acostumbrados a ver brotar sangre todos los días en el telediario, los personajes que consiguieron atemorizar a generaciones no tan lejanas sólo sean motivo de cuchufleta.

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